
Se acurruca en un rincón del mundo helado,
su rincón, su cueva del terror.
Baja la vista entre llantos y dolor
y se contempla tristemente las manos.
Manos sin mariposas que agarrar,
o con alas muertas del ayer.
Manos magulladas por crecer
sin tener a nadie para acariciar.
Manos que ocultaron tantos soles,
manos que escondieron tantos monstruos;
que tontamente y con un poco de oprobio
intentaron esparcir sus mil temores.

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