Abrí la puerta de casa y fui derecho a la cocina. Después de hacer unos buches en la pileta, contemplé por unso segundos el contenido de las bolsas de supermercado, vacilante. Mi conteo mental de calorías era de una precisión alarmante a pesar de haber sido siempre un desastre en matemáticas. El resultado arrojaba que, a fin de cuentas, la ingesta no había sido tan grave: dentro de mi ranking calórico, aquel brie y las mentitas bañadas en chocolate no calificaban en la categoría "atracón". Decidó parar en ese mismo instante, hacerme un té de hierbas, sacarme los pantalones y tirarme en la cama a ver televisón. Puse a calentar una pava y fui ubicando las compras del supermercado. Cuando abrí la heladera, una enorme lasaña con queso gratinado comenzó a atentar contra mis buenas intenciones. Faltaba una porción que dejaba entrever varios pisos repletos de espinaca y salsa blanca. Hundí el dedo y comprobé con espanto que seguía tibia. Quedé mirándola por unos minutos largos como horas, con la mano sobre la manija de la heladera, inmóvil. Después, no obstante todas las promesas y buenos propósitos, me arrodillé. Ni platos, ni cubiertos. Mano izquierda, mano derecha, mano izquierda, mano derecha... mis brazos se fueron multiplicando como los de Ganesha y mi boca de pronto adquirió el poder de succión de un Pacman. Tragué sin masticar, convencida de estar acumulando puntos en vez de calorías. La comida también se volvió virtual; fue perdiendo el sabor y no me produjo la menos sensación de saciedad. Level 3. Tomé el jamón de una de las bolsas y lo metí dentro del frasco de mayonesa. Pasar semejante bolo por la garganta me provocó un lagrimeo. Level 4. A continuación salé el lomo y puse una sartén sobre la hornalla. En tanto esperaba que se calentara, engullí intercaladamente vainillas y galletitas que untaba con dulce de leche. High score: veintinueve mil calorías.
De pronto, un ruido... Intenté descifrar la procedencia. No sabái qué hacer primero, chuparme los dedos, quitarme la remera llena de manchas o borrar mis huellas pegajosas de la heladera. Al advertir que era sólo la pava hirviendo sentí un alivio indescriptible.
Entonces contemplé los restos de una heladera arrasada, como ruinas de una ciudad antigua. La sartén estaba que ardía, pero ya no tenía ganas de comer lomo, ni chocolate, ni jamón con mayonesa. Ahora sólo tenía un irrefrenable deseo por volver el tiempo atrás.
Subí a mi cuarto:. "A fin de cuentas, ¡esas miles de calorías no tienen porqué cambiar mi vida!", intenté convencerme frente al espejo. El dilema hamletiano "vomitar o no vomitar" se definió apenas me senté y el primer botón de mi pantalón salió disparado como una bala. Corrí hacia el baño y enterré la cabeza en el inodoro. Game Over...
Mantuve aquella posición hasta que distinguí unos destellos color naranja. Entonces supe que había sido capaz de volver el tiempo atrás, cuando me disponía a comer una escuálida ensalada de zanahorias y me parecía que el mundo estaba repleto de infinitas posibilidades. #

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