Las serpientes cambian de piel a medida que crecen, lo hacen de un tirón : como si se sacaran un guante de la mano o una media del pie. Crecen y cambian. También lo hacen para curar heridas y limpiarse de los parásitos externos. Ojala para nosotros también fuera tan fácil quitarnos de encima lo que ya no necesitamos, lo que nos hace daño.
Dejar atrás viejos hábitos que no suman, sino que restan (y mucho).
En el fondo, sabemos cuando una relación no da para más, cuando un trabajo cumplió un ciclo o cuando una amistad se terminó. Y sin embargo, y a pesar de que lo sabemos, seguimos insistiendo. Confiamos en que todo va a a mejorar. Es válido el intento: tratar, tratar y seguir tratando. “Quiero darle otra oportunidad y ver quá pasa”; “ no quiero tomar la decisión sin haber agotado todos los recursos”. Siempre hay excusas para no animarnos a lo que viene, para quedarnos en el círculo de la comodidad y la seguridad, dar ese salto da vértigo. De sólo pensarlo nos duele el cuerpo, llegan las contracturas, las molestias, los ataques de pánico…Bien: inhalemos, exhalemos, y a dar el salto.
Amo una frase que alguna vez le escuché decir a alguien (y no recuerdo a quién): “Para saltar, hay que soltar”. ¿Cuántas veces quedamos atadas a algo o alguien que sólo nos impide seguir creciendo? Porque –sin importar la edad o situación- crecer duele. El cambio duele.
La serpiente, gracias a su capacidad de cambio, adaptación y regeneración se convirtió en el símbolo de la salud y la vida. Y vos, ¿En qué te querés convertir?

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