Ante los mil modelos de jeans que la vendedora con aires de ‘’estoy perdiendo mi tiempo en vos’’ había desplegado sobre el mostrador, y las sugerencias asquerosamente planeadas que a la pobre fashion victim se le había ocurrido darme, no me quedó otra opción: Elegí algunos al azar y pasé al probador. Me desvestí influenciada por Cris Morena y mi psicóloga a aceptar las circunstancias del momento y la imagen que dichas circunstancias estaban a punto de rebelarme: un espejo grande, donde se proyecta una adolescente con una masa corporal mayor de la deseada y un cuerpo aparentemente envasado al vacío a juzgar por la inseparable unión entre el asqueroso color azul desteñido de la tela y su piel. To sum up, un matambre.
Tomé uno de los rollos, delimitado por el jean diseñado por alguien que no entendía mis proporciones, y lo masajeé con suavidad pero con fuerza. Quería que supiera el malestar que me provocaba, le tenía bronca y quería expresársela. Odio los rollos. Se dejan tocar y no dicen nada, se hacen los inofensivos, dejan que los aprietes y les descargues todo tu odio; y después empiezan a crecer y crecer. Te apuñalan por la espala. Y aún así, decidimos no trabajar lo suficiente en eliminarlos; porque aunque todas nos moleste sacrificar unos minutos de nuestro tiempo y una parte de nuestra vagancia, todas sabemos lo insoportables que son los rollos. Y así se me fueron pasando por la mente miles de cosas que generalmente odiamos, que nos molestan, que nos apuñalan por la espalda y aún así decidimos, por comodidad, dejarlas como están. Estaba haciendo una larguísima lista, cuando papá me bajó a tierra pidiendo que le muestre. Abrí la puerta y aunque mi cara respondía por mí, le dije que me quedaba bien, pero no me convencía. Respuesta típica y que todos entienden, porque aunque finjan que no, todos saben leer entre líneas. Y hasta papá sabía que ‘’no me convence’’ quería decir ‘’me encanta, pero que yo esté adentro lo hace demasiado desagradable como para pagarte lo que vale y sentirme desconforme el resto de mis días envasada en este pantalón’’.
Tardé en sacármelo porque mi piel y grasa comprimidas le impedían a la tela deslizarse con facilidad y escaparse de una vez por todas de esa máquina estiradora de jeans con rulos y la piel estriada. Papá otra vez: -¿Y?; ¿Ya estás cambiada?’’ – -‘’Sí papá, cambiadísima. Lamentablemente te perdiste mis cambios, y ahora preguntás con plena tranquilidad si estoy o no cambiada’’ - pensé. Pero por otro lado, no sé si estoy cambiada. I don’t understand ANYTHING. Antes esta situación me hubiera llevado la autoestima a un pozo ciego, a miles de kilómetros del piso; y hoy no. ¿Hoy no? No sé. Entonces me miré y vi que no tenía pantalón. Ni uno, ni el otro. Y me acechó la vulnerabilidad de la transformación: ¿quién soy cuando estoy cambiando? Probablemente no sea nadie. ‘’Para saltar, hay que soltar’’, ¿no? Pero si suelto y no salto; no tengo, ni avanzo. ¿Y quiero tener, o avanzar? Don’t really know, pero por el momento, preferí ponerme el otro pantalón sin más vueltas. Lindo, a medida, lo llevo; total lo que está mal es lo de adentro del pantalón, y eso no va a cambiar hoy.
Papá me esperaba afuera del local hablando por celular, cortó cuando llegué y me avisó que esa noche íbamos a cenar a la casa de mi padrino. Totally fucked. No es que sea mala, pero ese sí que es un ser que me enerva a la vista. Odio su caspa caída en el cuello del saco, su piel grasosa. Me molesta terriblemente que desvalorice todo lo que no le gusta y lo catalogue de ‘’pelotudez’’, me saca que piense que sabe de todo y de consejos que no sabe y que piense que para ser correcto, hay que ser como él. Termina siendo una de esas personas a las que le das la razón para que se callen de una vez por todas, y nunca más volvés a valorar su opinión. Odio hasta que se confunda de empanada y la deje ahí! Porque cuando yo veo dos fuentes y no soy capaz de distinguir de lejos entre jamón y queso y roquefort, me decido por una y me arriesgo a comerla toda. No dejo una empanada mordida para que todos contemplen el molde de mi dentadura fea ( además, la ausencia de tratamiento odontológico en su dentadura se nota, y mucho!).
Después de seguir un par de horas más en el mundo feliz de las compras, con el consumismo a flor de piel (a modo de soma) emprendimos el regreso en el auto de papá.
No voy a poder escaparme de pensar hoy, y como soy de las que desisten, pero hoy me quiero hacer la renovada, voy a pensar. Voy a escribir cada pensamiento que se me pasó hoy por la mente, a ver si así el beatle pesado y las vacas se quedan en las hojas y me dan mis quince minutos de paz.-

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